El kiwi viajero

Cada vez que voy a la frutería encuentro piñas de Costa Rica, bananas de Colombia, manzanas rojas de Chile, kiwis de Nueva Zelanda… así que he llegado a la conclusión de que soy una consumidora exigente: quiero apostar por la economía local, compro verduras cultivas en la Mallorca o alrededores, siempre lo más cerca posible, pero no quiero renunciar a mis “frutas exóticas”. Es decir: quiero comer plátanos de cualquier isla canaria, piñas de El Hierro, fresas de Huelva, manzanas rojas italianas y kiwis de Portugal.

Supongamos que soy una española que vive en… digamos, en Madrid, por ser capital sin puerto, y me encantan los kiwis. En mi frutería no venden kiwis de Portugal sino de Nueva Zelanda. Las cuestiones que me asaltan se resumen en: ¿por qué consumir kiwis de Nueva Zelanda cuando en Europa también se cultivan? ¿cuántos kilómetros ha recorrido mi kiwi desde que fue recolectado en un campo en Nueva Zelanda hasta que llegó a mi plato? ¿en que condiciones viajó para poder llegar fresquito? ¿cuántos kilos de CO2 fueron emitidos a la atmósfera durante su transporte marítimo y terrestre?  Vale, gracias a la globalización podemos comprar aquí productos elaborados en otro país o continente, pero ¿qué pasa si ese producto compite con uno local? Y por último ¿qué pasa con los costes medioambientales?

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