¿Y si le damos la vuelta a la tortilla?

Por un momento, cierra los ojos e imagina un pueblo donde cada año escogen a un hombre, lo separan de su familia y lo dejan encerrado; quizás lo droguen, lo torturen, le hagan pasar hambre o sed, de forma que no esté en todas sus condiciones físicas. El día de la fiesta grande del pueblo lo sueltan indefenso en medio de una multitud, su única arma es su cuerpo. Es empujado, acorralado, acosado y perseguido. Finalmente llega a un descampado, donde la multitud lo pincha, lo hiere, lo desangra poco a poco, porque esa multitud si va armada. Después de luchar contra la multitud, estando agotado, herido y moribundo, una lanza acaba con su vida y su asesino es proclamado vencedor, el rey de la fiesta.

¿A qué suena muy cruel?

Pues hoy, como cada 17 de septiembre desde tiempos inmemorables, en Tordesillas (Valladolid, España) un toro ha sido perseguido y acosado durante un kilómetro por miles de personas hasta un campo abierto, donde ha sido lanceado hasta morir.

Los que lo defienden, aseguran que es la lucha del hombre contra el toro. Pero es un combate desigual: cientos de hombres armados (con lanzas) frente a un toro con dos astas. También aseguran que es parte de la cultura, que es una fiesta tradicional de ese pueblo, etc.

En RTVE han emitido un debate (enlace aquí) que me ha gustado por dos razones: no han habido insultos ni sensacionalismo (aunque algunos comentarios sí que han estado fuera de lugar) y ha dejado claras las dos caras de la moneda: ¿matanza o tradición?

Desde mi punto de vista, un evento no tiene que perdurar cientos de años simplemente porque sea una tradición y tampoco podemos excusar la crueldad humana en la cultura o tradición. En definitiva, el arte o la cultura no debe incluir la tortura animal.

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